viernes, 28 de febrero de 2014

Viento



Corres desesperado como si tuvieras prisa por borrar el mundo por arte de magia.

Aquí, aquí, aquí…
Ahora, ahora, ahora…

Cabes en mi mano y no hay quien te detenga. Hieres el ánimo de los locos, descompones a los que esperan y apagas la esperanza de los frágiles de espíritu.

¿A ti quién te dijo que podías venir?

Disparas nubes a toda velocidad. Acorralas hojas en las esquinas. Levantas olas poderosas que se mueren por deshacerse contra algo sólido y erosionan indiscriminadamente: minerales, personas, mobiliario.

He visto pájaros capaces de jugar durante horas en el centro de tu cólera y árboles centenarios que se inclinan a tu paso para sobrevivir a la embestida.

¿Quién te ha visto? ¿Quién te ve?

Condenado a rolar invisible por mar y tierra. Tú, que no sabes de fronteras y te haces llamar distinto en cada puerto, de mar o montaña, del uno al otro confín.

…tramontana, gregario, levante, siroco, ostro, lebeche, poniente, mistral, ábrego, cierzo…zonda, pampero, sudestada, alisio, catabático, anabático, solano…kóshkil, cudo, banber, etesio, brickfielder, elefanta, khamsim, bagomo…

¿Tanto te cuesta ser tú?

Tantas máscaras para una sola entidad no puede ser por buena cosa. Uno para todos y todos para uno. 

Llevas penas y traes plagas. Todo cabe en tu etérica barriga, mientras dura el suspiro. Purificas y maldices. Acosas y liberas. Eres suave y dulce con la cometa y osco y rudo con la piedra.

Sí, debe de ser difícil ser tú, vivir atrapado en una naturaleza tan voluble.


No te entretengo más, que si te paras desapareces. Solo resta por delante, desearte buen viaje, buenos aires.

viernes, 14 de febrero de 2014

Notario

Tengo que confesar que me he excedido en mis labores profesionales.

Te sigo a todas partes y en cada momento, casi de manera obsesiva. No te dejo ni de día ni de noche. Cuando te dispones a cruzar por un paso de cebra o la carretera en el lugar menos visible, yo vigilo a escasos metros de tu espalda, cuidando la ejecución, sin perder el rastro de tu estela ni por un segundo.

Muchas veces dedico las noches a escrutar, desde la calle, tu ventana con luz. Cualquier farola me sirve de parapeto, cualquier banco me presta soporte. Hasta tiempo después que la vida se apagó tras los cristales, no desaparezco, y aun así, continuo velando tus sueños desde la sombra.

Estoy atento a tus maniobras con el coche cada vez que se te ocurre conducir. Varias veces me he sentado a tu vera en el autobús urbano o justo en la fila de atrás en el cine. En los ascensores, olfateo el dulce olor de tu cabello.

Te veo pasar repetidas veces por la calle, con tus amigas. Sé en que esquina aguardar emboscado. Te observo a escasos metros cuando el chico más alto de la fiesta te acompaña de regreso al hogar.

Espío cada jugada. Vivo detrás de todos los escondites. Me guarezco en el lugar más insospechado. Adopto la forma menos sugerente. Palpito al ritmo de tu ritmo.

Soy el tipo que cuida de ti, día tras día, sin levantar sospechas. Soy el encargado de proteger tus heridas. Soy la chispa que corrige tus despistes más fatídicos…


Soy, tu ángel de la guarda, por los siglos de los siglos.

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viernes, 7 de febrero de 2014

Telenovela



No es fácil ser tú siendo otra a todas horas.

La vida y sus rutinas lo vuelven todo predecible y falto de ritmo. Si es martes por la tarde, entonces estás sentada delante de la TV viendo la telenovela. Si es viernes por la mañana, digamos sobre las once y media, entonces degustas un té en el bar del mercado.

Todo está escrito, como en los seriales televisivos.

Te levantas muy temprano cansada de no dormir. Tu marido no desayuna en casa, prefiere tomar “algo” con los empleados antes de abrir el taller. Podría jubilarse ya, pero no lo hace. Demasiado tiempo libre, dice.

Ella, cuando el día arranca para muchos, ya sacó brillo a los suelos y refregó el azulejo del baño. Ahí se prepara un descafeinado y charla un rato con la caja tonta. En el serial matinal hay tantas historias cociéndose a fuego lento que no puede perder ni un solo día. Adora a Doña M., una acaudalada mujer sin herederos que ve la vida pasar evitando riesgos innecesarios.

Antes de poner la pota al fuego, pasa el paño del polvo en el cuarto de su hijo, que trabaja como ingeniero en una empresa de alimentación. Viene a comer con esposa e hijos todos los domingos.

Ella cocina para dos a diario pero por lo general, sobra una ración. Su marido se ausenta con las más variadas excusas. Ella sospecha la misma contingencia detrás de todos los imprevistos. Qué importa.

Apenas tiene amigas. Le vendría bien alguien como Doña M., con la que poder charlar sobre lo difícil que es vivir sin confiar en los días.

Por la tarde toca más televisión, más pasión, más historias fuera de control torciéndose en cada capítulo. S., una madre soltera, saca adelante a su hija sin hacer caso de las insinuaciones del capataz de la fábrica. Ella sospecha que la pequeña es hija del empresario que le da trabajo, en una fábrica textil. Dan siempre dos capítulos seguidos y la tarde se digiere en un visto y no visto.

No es extraño que se vaya a la cama antes de que su marido regrese a casa. Él entrará en la habitación tropezando con las esquinas de los muebles y ella fingirá que duerme, con los cascos en los oídos, escuchando ese programa donde la gente llama a medianoche y cuenta las más variadas y disparatadas tragedias.

El insomnio le ayuda a trazar cientos de planes y vidas paralelas. No siempre duerme con el mismo hombre. No siempre tiene descendencia. No siempre la desvelan los mismos asuntos pendientes. No siempre puede guardar un secreto. No siempre reconocerá sus ojos por la mañana, en el espejo del baño.

El cuerpo inconsciente de su marido ya pesa sobre el colchón. En el horizonte ladra la radio. El espectáculo debe continuar: mañana le pedirá el divorcio, mañana le propondrá ir a esquiar a los Alpes, mañana le confesará que, definitivamente, ama a otro.

Foto: Rocío Brage