viernes, 11 de noviembre de 2016

Cohen




Sí, compañero, mejor marcharse de un mundo que ya no estaba a tu altura. Empeoramos por momentos.

Sí, compañero, amamos la oscuridad, pero venimos de la luz y a la luz volveremos algún día.

Sí, aquí seguiremos bailando hasta el final del amor. Resignados, tristes, un poco distraídos por los golpes del temporal.

Sí, y por las noches soñaremos que todavía es posible que, en el próximo amanecer, asaltemos pacíficamente los cielos. Empezaremos por Manhattan y ni siquiera el olor ácido de la mañana será suficiente para apaciguar la fuerza de nuestros corazones.

Que suenen los violines.

Que suenen ahora, mientras inclinamos la cabeza con el sombrero compungido contra el pecho.

Que suenen, y “todos los hombres serán marineros hasta que el mar los libere”.

Sí que me acuerdo. Asomado a la claraboya del tejado, a punto de salir volando por los aires, sostenido solo por la mano cálida de Suzanne y un ay.

Suzanne una y otra vez. Como si sospechase que si la música paraba no habría día siguiente.

Sí, me temo que ya no corre sangre por todas las venas. Se congeló. Consecuencias del cambio climático y la deriva de los continentes.

Sí, se acabaron las canciones.

Sí, estaría bien levantarnos en un suspiro, ahora, mientras el planeta gira, y caminar asolas y descalzos sobre la hierba mojada. O correr desesperados por las calles para iniciar una revolución. Sí, no todos seremos poetas, pero tenemos el deber de intentarlo.

Sí, compañero, no hay profesión más noble que la tuya.

Sí, saltemos ya sobre los charcos sin arrepentirnos después.

Y gracias por venir, y quedarte este ratito.

So long, Cohen.



viernes, 21 de octubre de 2016

Soledades



Y por fin la lluvia caía como una bendición. Un estruendoso e intenso chaparrón que rebotaba contra el piso, empapaba los bajos del pantalón y venía a decir que todo había terminado. El otoño estaba allí, rotundo, y la vida volvería a su cauce.

Atrás quedaban los demoledores días del verano. Un verano para olvidar. Septiembre se había comportado de forma extraña. El sol de Julio y Agosto, incandescente, parecía imposible de aliviar en las postrimerías del estío. Como si se tratase de un gran incendio que ha tomado una temperatura para la que no existía refresco posible. Que locura, que desoladora combustión la que habían vivido.

Paladeó la superficie del charco con la suela de las zapatillas de casa. Después pisó con brío hasta que el agua empapó el paño del calzado y la humedad inundó los pies. El goterón caía sobre la barba tupida sin remedió. Abotonó el último peldaño de la camisa, que tal vez era la chaqueta del pijama, y prosiguió su camino por la acera. Quedaba mucho por hacer. El cielo retumbaba con el baile de las nubes y ante los latigazos de electricidad, la luz de las farolas iba y venía.

Las calles desiertas. Como sucediera en Agosto, pero ahora todo era distinto. A principios del tórrido mes ocho, su hijo –su único hijo, por otra parte- le había anunciado que se iba a la casa de la playa con su esposa y el pequeño. Ya sabes que es un lugar reducido, Papá, y J ya demanda su espacio. Pero tú en la ciudad estás bien, eres un hombre de asfalto, dijo al tiempo que le daba dos enérgicas palmadas en la espalda. Después, su nuera, algo cohibida, avanzó unos pasos e hizo el amago de besarlo, pero apenas apoyó sus mejillas maquilladas sobre las del viejo, recien afeitadas. Dentro del auto, el pequeño parecía abducido por la pantalla que colgaba de la espalda del asiento del conductor.

Fue un visto y no visto. En apenas segundos el coche se deslizaba por la avenida arrasada por la solana, desprovista de gente, y se derretía en el horizonte.

Convenía trazar un plan. Cargarse de razones para el día a día. Sabía bien que Agosto era un mes letal en la urbe y se negaba a esconderse en casa con las persianas bajas, para terminar caminando hasta alguna terraza al atardecer. Se negaba a demorar la compra en el supermercado, al cobijo de los aires acondicionados. A pasear por calles como eriales sin ver desfilar ni una sola cara. Se negaba a tomar un autobús al azar y recorrer barrios del extrarradio sin más objetivo que contemplar lánguidos edificios inertes.

Ocurrió una noche delante del televisor. En un programa especial donde se hacía un repaso de las desapariciones que asolaban el país. Aquí y allá, de la manera más inopinada, iban desapareciendo personas sin ninguna explicación, como si se tratase de una epidemia aun no descrita por la práctica médica.

El director de un banco que salía en bermudas a tirar la basura y no regresaba al hogar donde le esperaban mujer y dos hijos. Un joven al que dejaban a la puerta de casa de madrugada, tras una noche de fiesta, pero que por algún motivo no alcanzaba a recorrer la distancia que lo separaba de su cama, en el segundo derecha. Un ama de casa que no retornaba de la compra el sábado por la mañana.

El goteo era incesante. Parecía que, de repente, se volatilizasen en el aire de forma inexplicable. Llevaba días siguiendo varios casos en el periódico, que hoy avanzaba tres o cuatro novedades y un par de días después aventuraba hechos que desmentían lo anterior. Aquello le mantenía atento y en tensión. Domeñado por una fiebre que latía sin remedio.

Fue al terminar el programa que sintió una punzada de adrenalina. Un mordisco urgiéndole en el vientre y envenenando la sangre. Se calzó las zapatillas enseguida, vistió la chaquetilla desabrochada sobre la camiseta de tirantes y salió a la calle. Avanzó por las vías de asfalto con ímpetu durante las primeras horas, y al amanecer, los edificios ya quedaban lejos, difuminados en algún lugar a su espalda. Era necesario abrir bien los ojos, estar atento, investigar cada circunstancia que le fuese saliendo al paso.

Una brizna de aire que le cruzase la cara podría desvelar el misterio.

Alguna vez pensó que el teléfono sonaría inútil, de ciento en uno, en su piso vacío. Que se había olvidado de guardar los restos de la comida del mediodía en la nevera. Que tal vez aguardaba alguna factura pendiente en el buzón. Poco importaba, tenía una misión, un lugar en la vida y no podía desfallecer. Era necesario avanzar, hacerse fuerte a cada paso, internarse más allá, lontananza, siempre de frente.

Nada tenía sentido salvo aquella bendita tarea encomendada por el destino.

Tarde o temprano, por más resistencia que opusiese, el verano llegaría a su fin y todos aquellos despistados querrían, entonces, regresar a sus casas.





jueves, 13 de octubre de 2016

*



Disculpen, enseguida volvemos.

Ya. Ya casi. Ya casi estamos.